Marginalidad, pobreza y estigma: una mirada rabiosa acerca de la juventud

 

 

Silvio Astier es la cara misma de la miseria: un niño hijo de inmigrantes pobres, criado en los barrios bajos de la gran ciudad de Buenos Aires, que quiere progresar, pero que la vida y su condición social lo llevan por malos caminos, experimentando vivencias violentas, explotación infantil, delincuencia y demás.


Silvio aspira a la buena vida, rechaza el desdén que la sociedad tiene sobre él por ser de clase baja. Es por esto que se forma, de manera autodidacta, y llega a una inteligencia destacable incluso habiendo dejado la escuela. Hará todo lo posible por obtener dinero y sentir aunque sea por unos momentos lo que es vivir sin preocuparse por su economía. En un principio, va a aprovechar su capacidad para crear un club de robo organizado, luego abandona la asociación por varias razones y, a pedido de su madre, comienza a trabajar.
Nosotros, con El Juguete Rabioso, podríamos establecer un paralelismo entre Silvio y la juventud actual. Miles de jóvenes se autoperciben sin esperanzas de lograr algo con sus vidas, la sociedad les hace creer y les recuerda que no son capaces, que son “negros cualquiera” y que sólo existen para cobrar planes y delinquir. Tal como se lo percibe y señala, en otras palabras, a Silvio Astier.


Algunos adultos dicen que el futuro está perdido en nuestras manos, postura que no consideramos correcta. Es cierto que hay jóvenes que se dedican al robo y/o están consumidos por las drogas, pero es esa misma realidad social la que refleja las fallas que tuvieron las generaciones anteriores. Se trata de la falta de educación o la educación mediocre para los sectores más carenciados del país, la falta de contención, la falta de información y desinformación, la propagación de una cultura mediocre.
Otro aspecto que se ve reflejado en el libro es la explotación laboral. Hoy, los grandes empresarios se aprovechan de la desesperación, necesidad y falta de educación de los jóvenes para asignarles puestos de trabajo pesados con baja remuneración y horas extra no expresadas en los contratos, tal como le paso a Silvio en la librería de Don Gaetano.


Más allá de las clases sociales, también se dice que los jóvenes, llamados “millenials” no piensan en el futuro, que solo viven el hoy sin pensar en un mañana, postura que consideramos falaz. Creemos que si bien esta afirmación se puede aplicar a un gran grupo de jóvenes, muchísimos otros quieren progresar. Recordemos también que la visión que nuestra generación tiene de sobre su futuro y la sociedad surge, en gran parte, por la realidad que la generación anterior nos legó y cómo nos moldeó a nosotros.


La carga más pesada que tiene nuestro personaje es el estigma de su pobreza, de su ascendencia. Es la más clara contraposición de la meritocracia. No importa cuánto se haya formado Silvio, ni cuánta disposición tenga para conseguir un trabajo digno, si nunca tiene una oportunidad para demostrar sus saberes o para desarrollarse en un ámbito laboral formidable.


Hoy, son muchos los jóvenes que no tienen los recursos necesarios para finalizar sus estudios secundarios y/o empezar estudios universitarios, lo que desemboca en que no puedan conseguir trabajos en blanco y seguros. O quizás, tienen la posibilidad de ir a la escuela, pero se encuentran en instituciones en las que ni los profesores o maestros se preocupan por su trabajo y lo que debiera ser su vocación, enseñar. Quizás, también, pueda ocurrir que concurran a una institución donde tengan más oportunidades, pero en su entorno familiar y más cercano no se los estimula lo suficiente, no se les presta la atención que merecen y, uno como joven que va a preferir divertirse, va a optar por lo más fácil. Cabe destacar que esta sociedad nos moldea para no tener confianza en nosotros mismos ni para sentirnos capaces, es la misma afirmación de que no tenemos futuro la que genera que muchos de nosotros no descubran su potencial.
El personaje de Silvio Astier representa esta realidad, la que algunos adultos ven en los jóvenes de hoy, una realidad en la que la delincuencia y explotación abundan, en la cual el que tiene la suerte de nacer en una familia de buen estatus triunfa, y el que no queda marginado.


Es la misma marginalidad la que genera que haya jóvenes con grandes potenciales pero que no son capaces de demostrar sus virtudes justamente por falta de oportunidades para el espectro de la sociedad más carenciado. Si viviéramos en una cultura menos discriminatoria, ni siquiera en un ámbito social, sino que si realmente los gobiernos pensaran en este sector tan importante de la sociedad, tendríamos una realidad muy diferente.


Pensemos en las villas. Cuánto cambiaría la realidad de los chicos que, por una razón u otra, desde muy pequeños viven a la deriva, que se manejan independientes y  a la buena de Dios, si se les da la oportunidad de practicar algún deporte, de formarse culturalmente con algún taller barrial de danza, de arte, de música. Si falla la contención familiar, al menos tendrían un lugar en el que  se les permita desarrollarse y no andar a la suerte de la calle, que es lo que los lleva a finalmente caer en las drogas y en la delincuencia.
 

 

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