¿Quiénes somos nosotrxs?

¿Quiénes somos nosotrxs? ¿Somos millennials, somos lo que dicen nuestros padres/madres, somos lo que dice los medios de comunicación? ¿Lo que dicen nuestros profesores? ¿Somos lo que queremos ser? ¿O somos lo que la sociedad quiere que seamos? En realidad, ¿Quienes somos?... ¿Somos iguales? ¿Pertenecemos? ¿Queremos pertenecer?

 


Los jóvenes constantemente nos vemos identificados con ciertas etiquetas muchas veces negativas,  las cuales no se ajustan a la realidad y, en su mayoría, no proyectan una imagen de los jóvenes y adolescentes demasiado positiva. Es frecuente que, cuando hablan de los jóvenes, aparezcan, en las conversaciones de los adultos,  calificativos como “indiferentes” o “irresponsables” o que entre todos magnifiquen los comportamientos antisociales –casos de violencia, consumos abusivos de drogas, etc- dándoles carácter de generalidad cuando en realidad son comportamientos minoritarios. No solo  la mirada adulta condiciona en cierta medida la realidad del comportamiento juvenil, ya que el establecimiento de etiquetas sobre el colectivo provoca que, precisamente para sentirse miembro de ese colectivo, los jóvenes se comporten exactamente de la manera aconsejada.


Los medios de comunicación, contribuyen con esa construcción social negativa de los jóvenes. Estos tienen un papel de suma importancia al ser una herramienta para informar y sensibilizar a la sociedad, construyen imaginarios y realidades, son generadores de opinión pública. Sin embargo, cuando se habla de determinadas formas de actuaciones de la juventud, hay elementos estigmatizadores como “vagos”, “rebeldes” y “acomodaticios”, ese estigma engloba tanto a chicos como a chicas, y así el imaginario social los asimila a sujetos peligrosos y potenciales victimarios. Por lo tanto, se podría decir que los medios refuerzan, justifican y legitiman prejuicios y estereotipos ya existentes, construyendo una realidad errónea.


Entonces, están dedicados a lo que podría ser la crónica roja, todos los hechos delictivos tienen un lugar prioritario. Lo primero que se muestra es la nota del escándalo, luego la culpabilidad y finalmente las asociaciones fáciles “marginalidad”, “pobreza”, “delincuencia”. Pero muchas veces estas noticias que culpan a menores de realizar algún hecho delictivo son publicadas sin citar fuente alguna. O mencionando a “una alta fuente policial”. Además, en la mayoría de los casos, las noticias sobre chicos en problemas con la ley “se elaboraron con datos que no fueron contrapuestos con ninguna otra voz, o que no dieron cuenta del origen de la información”. Por  lo tanto, los adolescentes estamos condenamos desde ante mano porque somos un blanco fácil al cual culpar.
Pero… en los medios no siempre aparecemos como “irresponsables”, “delincuentes”, sino que a la hora de mostrar nuestra imagen aparecen divergencias. Por un lado, los protagonistas adolescentes de las ficciones televisivas viven en un mundo de abundancia en el que la pobreza pareciera no existir; una fantasía en la que todas las utopías se alcanzan, los finales son felices y -en una subjetiva polarización entre buenos y malos, lindos y feos- el bien siempre triunfa sobre el mal. Pero, por el otro, los informes periodísticos de noticieros, magazines y programas de investigación, los de no ficción, presentan un modelo de adolescencia con connotaciones negativas.


En conclusión, en la mirada adulta, en los medios de comunicación, hay elementos estigmatizadores a la hora de mostrarnos, somos peligrosos, rateros, delincuentes, chorros.  La estigmatización quiere decir exclusión y como resultado una marca física y psicológica imposible o muy difícil de reparar.En muchos países de América Latina la realidad es la exclusión y discriminación socioeconómica, a la que se añaden otras formas como la discriminación por el simple hecho de ser niño o adolescente, por el género juvenil  o por razones étnicas. De ahí que muchos adolescentes tengan en estos países una vivencia acumulativa de dobles o triples formas de discriminación que terminan afectando fuertemente su derecho a la participación tal cual lo estipula el artículo 12 de la CDN. La pregunta es nosotros nos sentimos identificados con estos términos, ¿Somos solo eso? Claramente no, y hay un ejemplo clave para desmentir estos estereotipos con los que se nos identifica y es la lucha de los chicas y chicos por la educación pública.


La sociedad organiza una serie de status o posiciones a los que les asigna ciertos roles, ante los cuales surgen expectativas. Así, al estatus de alumno le corresponden como roles, el de estudiar, asistir a clases, comportarse adecuadamente, hacer las tareas, etcétera, surgiendo respecto de ellos ciertas expectativas positivas o negativas. Pero qué pasa si un grupo de jóvenes del secundario decide luchar por su educación y  decirle NO a una reforma educativa que los perjudica. Claramente, están rompiendo con ese idea, con ese concepto que se tiene de alumno. Por lo tanto, aquellos que rompen con esta idea se los puede considerar como “rebeldes” . Rompen con ese orden establecido, o aquel que unos pocos establecieron y todos seguimos.
Pero estos jóvenes que se organizan y movilizan para poder lograr un cambio, que defienden sus ideales y convicciones, que luchan para tener una participación activa en la toma de decisiones que refiere a su futuro y al de los que vienen no coincide con la imagen que se muestran de los millennials, gente vaga y perezosa, ni a la adolescencia pobre relacionada con la marginalidad y la delincuencia estos jóvenes lejos están de seguir las definiciones de estas palabras.


Ahora, ¿De qué se trata esta reforma y por qué luchamos contra ella? En la Ciudad de Buenos Aires se anuncia una reforma del nivel secundario en el marco de los acuerdos en el Consejo Federal de Educación y como continuación de la aplicación de la "Secundaria del Futuro". En 2018 se aplicaría en 17 escuelas para llegar a 132 escuelas con 84 mil estudiantes en 2021. Se plantea un ciclo básico de dos años, uno orientado de otros dos, un quinto (y sexto en escuelas técnicas) con mitad del año dedicado al emprendedurismo y otra mitad al "más allá de la escuela", con pasantías en instituciones y empresas para desarrollar "talentos" e intereses. No se sabe qué pasa con materias de quinto año como historia, geografía argentina o educación cívica  Las materias se agrupan en cuatro áreas donde estas no son integradas ¿Por qué las van a sacar? ¿No quieren que pensemos? ¿A quién le conviene?


La evaluación es por créditos "con valor de intercambio" que sólo en un 30% estarían a cargo del profesor, 30% lo evaluarían tutores y  20% "la tecnología". Se propone como una novedad didáctica que el 30% de las clases sean "magistrales" y un 70%, tareas individuales o grupales colaborativas con participación activa de los alumnos. Se plantean nuevos perfiles: orientadores, facilitadores, tutores, no queda claro si estos roles los cumplen docentes o personal menos capacitado y más barato. Las plataformas adaptativas con estructuras lúdicas y superación por niveles o "gamificación" para aprendizaje y evaluación se compran a Microsoft. ¿Esta forma de evaluar es realista? ¿Abarca a todxs y cada unx de los y las estudiantes? ¿Todxs poseen computadoras e internet en sus casas? ¿Y los modelos de las nuevas escuelas? Con pizarrones electrónicos y aulas temáticas. Es una idea espectacular, pero, ¿Por qué no mejor primero arreglar el techo o la estufa para no pasar frío en el invierno? ¿Es posible llevar a cabo todo esto?
Lo que está en debate entonces es si la escuela secundaria del futuro la pensamos como responsabilidad indelegable del Estado con la participación de la comunidad educativa o dejamos que la siga guionando el mercado según sus
intereses.


En la Ciudad de Buenos Aires casi cincuenta centros de estudiantes secundarios se movilizaron y 30 colegios fueron tomados en oposición a una reforma educativa inconsulta y por la aplicación de la educación sexual integral con protocolos para atender la violencia de género en las escuelas. La ministra de Educación dice que tenemos chicos "cableados en el siglo XXI que necesitan herramientas para cumplir sus sueños". Pero no se escucha a los estudiantes. La escuela secundaria tiene como desafío incluir a todos los adolescentes que no llegan y poder contener a los que se van. A los que se quedan dando vueltas en el barrio o la esquina sin proyecto, a los que no estudian ni trabajan, a los que quedan expuestos a los mayores riesgos con todos sus derechos vulnerados. Tampoco escuchan a docentes, especialistas, familias. La ministra de Educación de la Ciudad, Soledad Acuña, como el ex ministro de la Ciudad y Nacional, Esteban Bullrich, ni siquiera son educadores. En los últimos 10 años en la Ciudad de Buenos Aires el presupuesto educativo se redujo en 10 puntos respecto del presupuesto general. En el Ministerio Nacional se desarmaron las áreas pedagógicas de niveles, modalidades, programas de inclusión educativa y de formación docente. Son malos antecedentes. Una nueva escuela secundaria se construye con participación de la comunidad educativa, prioridad presupuestaria y proyecto pedagógico.


Cada tres horas una niña entre 10 y 14 años es madre mayormente por abuso, y anualmente 108.912 menores de 19 años llegan a la maternidad en la adolescencia. La pobreza es multidimensional, alimentaria, habitacional, sanitaria, educativa. La protección de derechos de niños y adolescentes, según la ley 26061, debe ser integral con políticas públicas que atiendan a lo social, integrando la respuesta educativa. Y sin duda se trata fundamentalmente de priorizar a los sectores mayoritarios de la sociedad argentina con un modelo económico de progreso que amplíe oportunidades y derechos sociales para los sectores medios y populares. Si la brecha sigue creciendo, aumentando la pobreza y la desigualdad no reclamemos a los docentes que hagan milagros. Aunque se sigan empeñando en obtener buenos resultados, es muy difícil enseñar con una realidad social tan compleja, sin recursos y sin destino social que otorgue sentido a los aprendizajes escolares.


La disposición de los jóvenes a seguir estudiando o a trabajar aprovechando cualquier oportunidad es una forma de afirmar que somos conscientes de la situación y que estamos dispuestos a asumir esa responsabilidad. Es hora de desterrar definitivamente estereotipo que dibujaba una juventud acomodaticia, consumidora, indiferente y desimplicada. Esta visión ya no es real. Verdaderamente la gran mayoría de los jóvenes nunca lo fuimos. Somos cada vez más los que se esfuerzan y pelean duro por labrarse un futuro que realmente está complicado. Por otra parte, la mayoría de los jóvenes sentimos que está en nuestras manos participar para cambiar las cosas y estamos dispuestos a hacerlo. Los niveles de compromiso con lo común, con la sociedad en general, han aumentado notablemente. Sabemos que el futuro depende, en gran parte, de nosotros y queremos asumir la responsabilidad.


Evidentemente los medios de comunicación no son los únicos responsables de haber construido una representación social de los adolescentes y jóvenes relativamente alejada de la realidad. Pero sí contribuyen a recogerla, en ocasiones amplificarla, y en cualquier caso, a darle carta de naturaleza institucionalizando. Tampoco serían los responsables principales de modificarla. Lo que sí pueden hacer y eso no se aparta de su función básica, es profundizar el cumplimiento de sus objetivos tratando de ejercer un papel estimulador de la reflexión y la crítica social. Sí proporcionan una información contextualizada, si proporcionan elementos de reflexión crítica, si no dan por sentadas determinadas construcciones de la representación social, si ofrecen alternativas, si presentan la noticia completa informando no sólo de lo manifiesto sino también de los elementos que pueden estar implícitos en la noticia, tendrán posibilidad de participar en una construcción social más madura. Esa es la forma en que podrán estimular que los ciudadanos, en el ejercicio de su libertad pero también desde el ejercicio de la crítica responsable, tengan mejores oportunidades de conocer la realidad social en la que todos vivimos.
 

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