Me perdí y ya nadie estuvo ahí

October 19, 2018

Pensar al futuro como una meta es casi tan errado como posicionar al ser humano como punto máximo del desarrollo evolutivo. Posicionar al futuro en el final es imaginarnos atravesando una línea, es pensarnos infinitos. ¿Por qué ordenamos al tiempo de una manera tan precisa, tan exacta, tan humana? Tal vez porque así nos lo enseñan, nos lo imponen. Y nosotras, las obedientes, masticamos esas mentiras y nos las tragamos sin ni siquiera pensar en que no hace falta encasillar todas las cosas que existen y suceden.

 

Me parece importante que empecemos hablando del tiempo en sí mismo, el tiempo como algo que pasa y nos pasa por encima. Porque el tiempo es abstracto; y no me refiero al tiempo como un momento del día o una fecha en el calendario, no estoy hablando de números, hablo de abstracciones. Y así como nombro a un sin sentido, nombro a un absoluto. Un constante gigante sin forma que envuelve todo lo que existe, y lo que no también.

 

Nombrar al pasado, presente y futuro como una secuencia constante y repetitiva es tan agotador como estúpido. Mirémonos, observemos a los demás, y a nuestro alrededor. Estar hablando ahora fue un escenario futuro hace dos días, es mi actual presente, y en una hora, va a formar parte de mi pasado. Mi concepción del presente, mi actualidad, puede ser la concreción de algún futuro ajeno. Es difícil pensarlo así ya que cada persona solo escucha sus propios pensamientos, pero estas palabras se esclarecen si reclamamos una explicación y nos enteramos que cuando nos contaron el cuento de la línea de tiempo en pasado, presente y futuro, se olvidaron de decirnos que eran tres líneas diferentes y nunca fueron rectas. Están trenzadas, tienen tramos paralelos, otros enredados, algunos están tan cercanos que casi no se pueden diferenciar una de la otra.

 

Asusta, da miedo pensar así, porque nos da miedo lo absoluto como también lo finito, y no me refiero a lo estrecho, si no a lo que cesa. Nos dan terror los finales porque nos enseñaron a tenerle miedo a la muerte.

Deconstruir el tiempo es dar por hecho que no existe tal delirio y que somos un instante, por eso preferimos, la mayoría del tiempo, no pensar en que el tiempo pasa.

 

Así como no hay nada fuera del texto, no hay nada fuera del tiempo; teniendo esto claro volvamos al principio, cuando dije que los humanos nos pensamos infinitos. ¿No es acaso todo infinito? Cada ser es con respecto a si mismo y los seres ajenos solo son testigos y observadores. Un infinito es la continuidad de una proyección que nunca comenzó, pero jamás terminará. Pensemos en nosotras mismas; nadie es capaz de recordar su propio comienzo ni podrá participar y atesorar su final. Por ende, cada persona es infinita. Participamos de una infinidad de infinitos y la mayoría los interpretamos como finales por ser ajenos.

 

Cuando hablamos de tiempo, solo son premiados con su uso los que acumulan oro. Lo derrochan, lo malgastan y siguen sin poder detenerlo, la única diferencia entre una persona que tiene tiempo y una que no lo tiene es que, a la última, le pesa. Porque el tiempo es como el amor, es una disposición constante del sujeto hacia el objeto, pero la problemática emerge en la comprensión de que nacemos sumidos, atados y subordinados a ese objeto, el tiempo. Por lo tanto, el futuro no es más que una constante proyección inexistente del tiempo a largo plazo. No es un final, no es una meta, tampoco es inamovible. Hoy puedo tomar una decisión y estar totalmente segura de que la voy a concretar, y mañana anularla y quedarme en blanco para volver a plantearme mi ideal de ese futuro que pende de un hilo.

 

Y ese hilo soy yo misma.

“Ser grande” es sinónimo de ser adulta, por ende, alcanzar la mayoría de edad legal para obtener en su totalidad los derechos y obligaciones que “hacen” a un sujeto de derecho. En sí, la percepción de la adultez es una experiencia subjetiva que varía de acuerdo a la cantidad de responsabilidades y ciertos sucesos importantes o experiencias en la vida del individuo y no con la edad, como así también, con su concepción y proyección a futuro.

Para investigar en nuestra sociedad la percepción de la adultez hicimos una encuesta, donde el rango etario que predominó, fueron las personas de entre 16 y 40 años.

 

La primera pregunta, ¿Cuándo consideras a alguien ‘‘grande’’?

El 41% responde, a los 21 años. El 26% responde, cuando se tiene entre 30 y 40 años. El 19% responde que a los 18 años, y el 14% restante, considera que cuando se tiene más de 40 años.

Ante la pregunta de ¿Qué implica ‘‘ser grande’’? El 50% de las personas eligieron la opción de Estudiar y trabajar. En segundo lugar, el 21%, solamente Trabajar, y el 15%, la opción de formar una familia. Representando al 12% restante, las respuestas fueron, ser grande implica estudiar y trabajar, pero seguir viviendo con los padres; solamente estudiar; y ganar un sueldo mayor a $20.000.

Teniendo en cuenta que la mitad de los encuestados considera que ser grande es estudiar y trabajar, podemos concluir que adultez es sinónimo de cumplir responsabilidades. Aunque si le sumamos el 21% que opina que ser grande es trabajar, significa que la madurez de un individuo está relacionada a su desarrollo en una sociedad de mercado, sociedad donde casi todo está a la venta, los valores, y pensamientos de las personas, también. Este modelo, a modo de ejemplo, también lo podemos trasladar al sistema educativo, donde la materia prima somos los alumnos, nuestros docentes: el proceso productivo, y nuestro aprendizaje (calificado por un número, a través de una evaluación): el producto final. Una etapa donde se nos obliga a idolatrar el orden jerárquico, la adhesión a las normas y el respeto dogmático a las demás instituciones.

La otra respuesta más elegida, fue que ser grande es formar una familia, es decir que nuestra madurez depende de nuestra capacidad para formar una institución, y transmitirla a las próximas generaciones respetando los cánones.

Entonces ¿Ser grande es sinónimo de la capacidad de adaptarse a una sociedad de mercado, y a las instituciones, a tal punto de reproducirlas en nuestra vida cotidiana? En nuestra sociedad, también solemos categorizar a una persona como exitosa, o fracasada.

 

¿Cuales son los criterios para considerar a alguien exitoso o exitosa?

 

 

El 31% respondió que ser exitoso o exitosa es tener dominio emocional, es decir, la capacidad de entender, controlar y modificar el propio estado de ánimo.

El 14% respondió que el éxito es sinónimo de formar una familia.

El 10% respondió que el éxito es tener un título universitario. Normalmente, esta relación sucede porque alcanzar un mayor grado de estudios significarìa también un ascenso social, y la profesionalización de la persona.

Otro 10% respondió que el éxito es poder hacer viajes.

Para esta pregunta, abrimos la posibilidad de que el encuestado pueda escribir una respuesta abierta. Las que más destacamos son: la capacidad de cumplir tus metas; trabajar de algo te guste; y decidir sobre tu propia vida.

 

Ahora, ¿Cuáles son los criterios para categorizar a una persona como fracasada?

 

El 26% respondió que el fracaso es no tener vida social, es decir que se considera que gran parte del desarrollo de una persona es su adaptación a la sociedad, y aprender a convivir.

El 17% respondió que el fracaso es no tener un trabajo estable, como si una persona fracasada es la que no le sirve al mercado, no es productiva, o no tiene un sueldo suficiente para darse lujos.

El 15% respondió, no tener una vivienda propia. Como si fuese obligatorio asentarse en un lugar determinado, para construir una casa y que la calidad de esta demuestre el “éxito” que alcanzaste en tu vida.

De igual manera, para esta pregunta, los encuestados podían escribir sus respuestas: ‘‘Se encuentra que no logró ningún objetivo’’; ‘‘pierde el sentido o las ganas de ir hacia aquello que lo haga prosperar, aprender y ayudar’’; ‘‘Su vida es manejada por otro/s’’ Quiere decir, que según estas respuestas, soy fracasada si pierdo autonomía, y pierdo las ganas de sobrevivir a una sociedad que me dice qué cosas hacer (porque cualquier objetivo personal que yo tenga, también está relacionado con mi entorno), y si no las logro, se me desplaza del sistema. Cuando preguntamos si tienen un proyecto de vida, el 77%, nos respondió que sí, y el 23% restante que no.

Y ante la pregunta, si le recomendaban a otros tener un proyecto de vida, los porcentajes se mantienen. ¿Significa entonces que es necesario planificar un futuro?

Cuando analizamos las respuestas de manera individual, lo que nos llamó la atención, es que las personas que tienen, por ejemplo, 17 años, optan por la opción de que ser grande es tener 21 años. De igual manera, las que tienen 25 años, optan por que ser grande es tener entre 30 y 40 años. Este fenómeno, se da en la mayoría de las encuestas.¿Podemos decir entonces, que a las personas no les gusta considerarse grande, o que esta categoría tratan de mantenerla lejana?

¿Qué vas a ser cuando seas grande? Eso me preguntan desde que soy muy chica. Siempre respondí ‘‘Astronauta’’, hasta que entendí que obligatoriamente tenía que tener una licenciatura en el campo de la ingeniería, la biología, la física o la matemática, ciencias que, por mi experiencia en el colegio, no me gustan. Aunque eso nunca lo voy a saber, porque nuestros docentes están limitados por lo que dice el plan de estudios del ministerio, que lo redacta como si la educación fuese algo lineal, y no un proceso.

 

No voy a ser astronauta, ni viajar por el espacio, ni encontrar vida en otro planeta, mi deseo, no va a ser más que un sueño de niña, porque la sociedad siempre lo identifica como tal.

Ese deseo me daba una identidad y también me la sacaron. Ya no me diferencio de los otros porque quiero ser astronauta, perdí mi lugar en la sociedad.

Me vuelven a preguntar, qué vas a ser cuando seas grande, pero no me explican què es ser grande y què es ser. ¿Ahora, yo no soy? ¿Voy a ser, cuando sea grande? ¿Por ser chica, no existo?, ¿existo cuando soy mayor? ¿Qué es ser mayor? ¿Existo? ¿Para algo, o para qué o para quién? (muchas veces, la ciencia nos da una respuesta a esta pregunta, pero no solamente somos partículas unidas)

Otra de las preguntas que nos suelen hacer es ¿De qué vas a vivir? ¿Por qué nuestra elección siempre tiene que estar limitada a una retribución económica? Y mientras mayor, mejor, ¿Por qué vivir de algo, y no vivir para algo? ¿No podemos dedicar nuestro tiempo a lo que de verdad nos hace sentir vivos, y no ir a trabajar y ser felices los viernes, y tristes los domingos a la noche? Vivir en un calendario,que no es más que un esquema que asigna un número, para cuantificar los movimientos de rotación y traslación de nuestro planeta. En esta sociedad mecanizada, encontrar a alguien que ama lo que hace, es extraño, y esa persona, una privilegiada.

“¿Cómo te vas a ganar la vida?” ¿Qué hay que ganar? ¿Estamos en una competencia? ¿Hay que llegar a una meta? ¿Somos premiados? ¿Tenemos rivales?

 

L.A. Spinetta, canta ‘‘No corras más, tu tiempo es hoy’’ y ‘‘Tu eres la única muralla, si no te saltas nunca darás un solo paso’’. Saltemos las murallas que nos construimos a partir de nuestra familia, la escuela y demás sistemas. No corramos más, nuestro tiempo es hoy.

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